Hace más de 25 años que acabé mis estudios universitarios de Teología (no es broma). Y después de dos años vendiendo libros y filatelia de inversión (tampoco es broma), decidí hacer un MBA, con el objetivo claro de relanzar mi carrera profesional y conseguir un esquema mental y de habilidades que me permitiera ser mejor trabajador y mejor directivo. Me aceptaron en el IESE y acabé el master en el año 1993. Fui el único de aquella promoción lo suficientemente inconsciente como para poner en práctica el business plan que habia redactado para la asignatura titulada “Nuevas aventuras empresariales”, del prof. Pedro Nueno. Me sentía emprendedor.

MIS INQUIETUDES EMPRENDEDORAS

Con la claridad que concede la distancia emocional y el tiempo transcurrido, he de reconocer que mis inquietudes emprendedoras eran más bien escasas, por no decir nulas, al acabar el master. Mi “autoempleo” fue más bien el resultado de la necesidad de conseguir un buen sueldo (mi hija mayor nacería seis meses después de haber constituído la empresa) que el empeño consciente de aportar valor a la sociedad mediante la creación de empleo, que es lo que me habían enseñado en el IESE que definía al buen empresario. Dije que no a dos ofertas, entre otras cosas porque me atraía la posibilidad de ganar más a largo plazo y de ser mi propio jefe. Pobre de mí. Craso error de apreciación personal y del contexto. Era inexperto en casi todo y la crisis post-Barcelona 92 y post Expo de Sevilla arreciaba en Catalunya y en España entera.

LOS INICIOS

A los cuatro meses de haber iniciado aquella “aventura empresarial” mi nivel de motivación estaba a la altura del betún: casi nada de lo que había previsto en el business plan se estaba cumpliendo. Y casi todo lo que no había previsto nacía y crecía cada mañana al llegar al despacho: dificultades con los bancos para conseguir una linea de crédito (financiación le llaman en el IESE); falta crónica de liquidez en las cuentas corrientes (gestión de tesorería, era su pomposo nombre técnico); problemas “con cara y ojos” con los empleados que había contratado (recursos humanos, dicen); incomprensiones y malos rollos casi apocalípticos con mi socio (política de empresa, lo llaman), incapacidad real de cumplir los plazos de producción de nuestro producto, en este caso una revista semanal (logística y gestión de la cadena de valor es su nombre académico); mentiras y engaños de los distribuïdores a la hora de declarar y liquidar los ejemplares vendidos (márketing y gestión comercial es el esquema conceptual). Podría seguir hasta el infinito y más allá.

Muchos días no dormía (literalmente) pensando en lo que me iba a encontrar a la mañana siguiente: empleados que no venían, broncas con la imprenta, discusiones con los distribuidores, silencios espesos con mi socio. Sufrimiento. ¿Dónde quedó el glamour de las aulas del IESE?

PERO… ¿POR QUÉ SEGUÍA?

En una palabra, ¿por qué seguía empeñado en tirar adelante mi propia empresa? ¿Qué inexplicable embrujo envenenó mi alma empresarial? ¿Por qué una vez recolocado como “ejecutivo” después de mi estrepitoso fracaso siempre quise volver a ser empresario? ¿Por qué quince años después y tras haber llegado a una cierta cima de reconocimiento salarial y de business class volví a pecar? Quizás lo explique en el próximo escrito de este blog.

UNA PREGUNTA..

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