Acabé el anterior post en este blog preguntándome los motivos que me han impulsado a lo largo de los últimos veinte años a empecinarme en lo que se llama “espíritu emprendedor”. Sólo tengo una respuesta: es un veneno mortal. Cuando el bicho de la emprendeduria te pica, jamás puedes librarte de su ponzoña.

Una vez se ha emprendido en la vida, y paladeado sus mieles y sufrido sus hieles, es imposible volver a la apacible vida de trabajador por cuenta ajena.

NO HAY EXPLICACIÓN HUMANA POSIBLE

No hay explicación humana posible. Al menos, yo no la tengo. Las posibilidades de ganar más dinero siendo un ejecutivo en una mediana o gran empresa son más elevadas que si te embarcas en una aventura personal. El reconocimiento social también. La carga de trabajo de un asalariado, por muy altas que sean sus responsabilidades, se acaba al finalizar la jornada laboral. Hay vacaciones garantizadas y las pagas, aunque no lo altas que uno siempre espera, están garantizadas. Si la empresa va mal y acaban despidiéndote, uno puede acogerse al amparo temporal del subsidio de desempleo. Y si enfermas, sea por accidente laboral o por contingencia común (una enfermedad), sigues percibiendo unos ingresos de la Seguridad Social.

EL EMPRENDEDOR

Nada de eso sucede con el emprendedor. Dejamos el tema de los ingresos de lado, ya que o vendes o no hay nada que hacer. El reconocimeinto social a los empresarios sólo se da cuando ya has conseguido labrar un buen terruño y los frutos empiezan a ser evidentes. El trabajo va contigo allá dónde vayas. No hay manera de aparcar en ningún rincon de la mente el “motor emprendedor”. No existe la jornada laboral. Es vida laboral. Vacaciones suena a una quimera de otras vidas. Y cuando las hay, siempre, siempre son interrumpidas varias veces por llamadas, por requerimientos, por imprevistos. La esclavitud de la telefonía móvil cobra especial relevancia en este punto. El tema del subsidio del paro mejor lo obviamos. Casi todos los emprendedores que yo conoczco deben cotizar bajo la modalidad de “trabajadores autónomos”. Y estos no tienen derecho al paro nunca, al menos hasta la fecha.

Por último, los autónomos (y creo que bajo este concepto cabría englobar a todos los emprendedores que lo somos en este pais), somos un portento de la naturaleza: jamás caemos enfermos. Inmunidad inducida de causas económico-laborales, me atrevería a describirlo. Ni por la imposibilidad de mantener unos ingresos mínimos ni por la vincluación afectiva-personal con el proyecto. No nos podemos permitir la baja por enfermedad. Por tanto, negamos la existencia de alteraciones de la salud, muchas veces hasta que es imposible físicamente seguir en la brecha.

Por tanto, sólo cabe una respuesta: ser emprendedor es un negocio ruinoso que sólo tiene inconvenientes y pocas recompensas. ¿Por qué, pues, seguimos empecinados en ser empresarios, en ser emprendedores?

Sólo tengo una respuesta: porque no entendemos la felicidad si no es con todas las características anteriormente citadas. Compromiso con el proyecto y fidelidad a una idea. Lo dicho al principio: estamos envenedados.